LA ENFERMEDAD COMO IMAGEN

Por: Iván Rodríguez del Camino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El enorme desarrollo de la biología molecular brinda la posibilidad de visualizar, por la vía de la metáfora y la analogía –el lenguaje más afín a la psique, de acuerdo con James Hillman[i]– algunas diferenciaciones en lo inconsciente que pueden contribuir a la reflexión psicoterapéutica.

 INTRODUCCIÓN

No es nuevo tomar las manifestaciones de la enfermedad como imágenes para la reflexión psicoterapéutica. La obra de Alfred Ziegler, Archetypal Medicine es una de las fuentes de inspiración en la práctica psicoterapéutica. En la psicología analítica, junguiana, los síntomas y signos de la enfermedad son tomados como imágenes, capaces de movilizar una psique paralizada. Ziegler (1985), a través de su trabajo como psicosomatólogo y de sus publicaciones mostró la naturaleza arquetipal de estas imágenes.

En este escrito, reflexiono sobre algunos aspectos de la bioquímica y la fisiología de la enfermedad como imágenes afines al alma. Mi profesión, como docente en las ciencias fisiológicas, y un destino que me llevó a la práctica del análisis junguiano me plantearon el reto de conciliar estas vías opuestas de acercarse a la patología. La amistad de Rafael López-Pedraza y la cercanía a su obra me han brindado esa posibilidad. Los trabajos de Ziegler fueron el vehículo.

El lema lopecino de “ceñirse a la imagen” resume un acercamiento a los productos arquetipales de lo inconsciente que respeta la individualidad irreducible de las imágenes que trae el paciente y que se opone al método de reducir la imagen a una interpretación pre-establecida. Aquel es un lema que invita a dejar que los atributos movilizadores de la imagen arquetipal ‘hablen’ a nuestra memoria emocional a través del lenguaje psíquico de la analogía y la metáfora (López-Pedraza 2000). Al seguir este lema trataré de ‘leer’, mediante un lenguaje afín a lo psíquico, algunas manifestaciones bioquímicas y fisiológicas de la enfermedad como imágenes de las que la psique puede aprender.

Aunque estos aspectos de la biología humana son muy especializados y exigen un conocimiento profundo de sus mecanismos, trato de presentarlos de la manera más sencilla y accesible. Confío que la persona no familiarizada con estos hechos podrá apreciar la enriquecedora variedad de diferenciaciones que proponen a la reflexión psicoterapéutica. Por este motivo, creo que vale la pena el esfuerzo que supone aproximarse a ellos.

Por último, antes de presentar imágenes de la enfermedad, voy citar un texto poético en el que el escritor cubano Cintio Vitier habla de la obra de su compatriota José Lezama Lima. En él, Vitier presenta de manera inigualable la capacidad que tiene lo psíquico de hacerse a sí mismo a través de las metáforas y las analogías que mueven nuestra emocionalidad. Dice así:

Por metáfora entiende Lezama la capacidad que hay en el hombre de dirigir sus pasos hacia la claridad de la anagnorisis, del reconocimiento. Esa capacidad se funda en la intuición del misterio de las analogías. Pero el reino de la analogía es el umbral de la imagen, origen sagrado de todo lo que es. Lo que se reconoce se torna imagen “la más segura marcha hacia la religiosidad de un cuerpo que se restituye y se abandona a su misterio (Vitier 1970)”.

A no dudar, en la concepción griega de anágnorisis se encierra parte del misterio de los movimientos de la psique.


[i] Hillman (1970) dice que la analogía y la metáfora son las más próximas al “lenguaje del alma”.

PRIMERA PARTE

A nivel de los síntomas y signos de la enfermedad, este enfoque se puede ejemplificar en el acercamiento al cuadro de una diarrea crónica como metáfora de una psique que despacha sus contenidos apresuradamente y desecha así los principios nutritivos que hay en ellos (los contenidos de la psique son, por ejemplo, las emociones que vivimos, cuya reflexión, si se produce, es su alimento); o, ver los cuadros de colon irritable y la diverticulosis como analogías de la presión o prisa crónicas en exteriorizar los productos de la mente o, más sencillamente, como metáforas del tratar de poner afuera lo que no va afuera. Esto lo digo teniendo presente que la mayoría de los espasmos del colon, que se observan en estas últimas dolencias, no son expresión de la función peristáltica normal de propulsar los contenidos sólidos en el colon sino que representan, en la mayoría de los casos, movimientos peristálticos exagerados.

La recto colitis ulcerosa es producto del ataque del sistema inmunológico a tejidos del intestino grueso, a los que deja de reconocer como propios. Por analogía, este cuadro se puede leer como imagen de una psique que, en lugar de rechazar lo extraño que amenaza con destruir su integridad (por ejemplo, actitudes del otro o inducidas por el otro), se entrega a la autodestrucción (ya sea cediendo a regañadientes o accediendo voluntariamente). La psique es el órgano que puede (si se tiene una actitud psíquica) transformar conflictos y sufrimientos literales en elementos que la enriquecen y la ensanchan, obrando de esta manera el milagro de restaurar los equilibrios psicosomáticos y mantener la salud. Por eso se puede decir que lo que en el resto de los seres vivos es biología, en el humano es psicobiología. De todos los procesos evolutivos que hicieron posible a nuestra especie, el que dio origen al órgano psíquico es, sin duda, el más importante pues, como se sabe, el ser humano es quizás el único ser vivo que añade a sus complejidades instintivo-emocionales la capacidad de desviarse e, incluso, ir contra su instintividad.

Cabe anotar aquí la intuición de Jung según la cual los dioses paganos, que el cristianismo reprimió en los orígenes de nuestra cultura, están en el hombre y la mujer modernos, reducidos a las vísceras abdominales. Esta nota trata de señalar el papel de las emociones en estas patologías, pues hoy sabemos que los dioses reprimidos representaron otras tantas posibilidades de expresión de lo instintivo y emocional de nuestra naturaleza.

* * *

Ahora llevaré esta forma de aproximación a las imágenes de la enfermedad más hacia el terreno fisiológico y bioquímico, para tratar de acercarme a algunos trastornos en la utilización de las grasas (en este caso, los triglicéridos y el colesterol) por nuestro organismo. Como sabemos, estos trastornos constituyen dolencias características de la agitada vida actual. La arteriosclerosis y la elevación de las concentraciones sanguíneas de colesterol y triglicéridos son resultado de su inadecuado metabolismo. Antes de considerar estas alteraciones como analogías, presentaré a grandes rasgos algunas características de las funciones de estos compuestos, de manera que nos permitan su visualización como tales.

En primer lugar, y a nivel gustativo, el sabor apetecible de muchos alimentos se debe a las grasas que contienen. Por otro lado, los triglicéridos se almacenan normalmente en el tejido adiposo como energía de reserva, además constituyen el material plástico con el que el cuerpo moldea sus formas sensuales y son un aislante contra los cambios de la temperatura ambiental. En cuanto al colesterol, se sabe que aparece por primera vez en la evolución de la vida, paradójicamente, evitando que las membranas de los organismos unicelulares se fracturen, pues facilita la versatilidad de sus movimientos (Lodish et al, 2000: 165). En los animales superiores, el colesterol además de cumplir esta función vital, es utilizado como materia prima en la síntesis, entre otras hormonas, de las sexuales.

Si nos ceñimos a estas características de las grasas, una aproximación a la elevación anormal de estas sustancias en la sangre consistiría en verla como analogía de perturbaciones en los movimientos normales de alguna complejidad emocional, por ejemplo: distorsiones en el disfrute de lo que comunica ‘sabor’ a la vida humana, . . . alteraciones en los movimientos que procuran la protección de la psique ante las inclemencias del ‘ambiente’; e. g., por no observar una distancia saludable entre los valores individuados y los colectivos o, simplemente, del otro, . . . problemas a nivel de las ‘formas’ humanas que suavizan y hacen amables las relaciones con otros seres humanos o . . . trastornos en la dinámica psíquica que hace que las personas se sientan atraídas eróticamente. Un eros, sobra decir, que mueve mucho más que lo que propicia el encuentro sexual.

Algunos trastornos del metabolismo de los triglicéridos y el colesterol llevan a que se depositen en la superficie interior de las paredes arteriales tornándolas duras y quebradizas. Esto hace que la expansión elástica normal de las grandes arterias –ante contracciones enérgicas del corazón, por ejemplo bajo el influjo de una emoción– llegue a transformarse en patología somática crónica, en este caso arteriosclerosis; No es difícil establecer analogías entre las alteraciones funcionales de la arteriosclerosis y el sufrir que se observa en ciertas complejidades familiares, culturales, o religiosas paralizadas o ‘petrificadas’, que impiden el ‘fluir’ normal de las emociones, ‘endureciendo’ de manera destructiva las relaciones personales y familiares y, en general, la vida de la persona que las sufre. El colesterol es una metáfora excelente de las diversas complejidades emocionales que, al vivenciarse de una manera ‘fluida’, enriquecen la psique y la personalidad, mas cuando se paralizan nos enferman. Antes mencioné que el colesterol aparece en la vida para darle mayor movilidad y flexibilidad a sus estructuras y como materia prima de hormonas que procuran las relaciones interpersonales, mediadas por Eros.

* * *

Quisiera arrojar ahora una mirada a un campo de la biología que en nuestros días está asentando sobre bases muy firmes nuestra comprensión de los fenómenos biológicos y los procesos de la enfermedad. Me refiero a la biología molecular. El lector interesado hallará en la biología molecular analogías muy significativas para ayudarle a diferenciar áreas muy oscuras de lo inconsciente de nuestra naturaleza.

Con esta finalidad, voy destacar algunos aspectos fundamentales acerca de la biología del ADN, la molécula portadora de la complejísima información necesaria para la herencia biológica; la que hace que los hijos sean semejantes a sus padres. La biología de esta molécula nos plantea realidades sorprendentes. Por ejemplo, es universalmente aceptado que el ADN –que todos portamos en el núcleo de cada una de las miles de millones de células de nuestro cuerpo– constituye una continuación ininterrumpida de la primera molécula de ADN que haya aparecido en un ser vivo. Si imaginamos el ADN como una planta cuya vida se inició en el comienzo de los tiempos y continúa viva en todos los seres vivos que habitamos el planeta, podremos imaginar a todos y cada uno de los seres vivos –los que existieron en el pasado y los que existen en la actualidad– como brotes de una de las infinitas ramas de esa primera molécula de ADN. (Una analogía que puede acercar la biología inmortal del ADN al lego en el tema es la reproducción por brotes de la hiedra; el brote “hijo” es en realidad una extensión de la planta original que se perpetúa en cada nuevo brote.) Veremos así en la biología del ADN una metáfora de la vida imperecedera. Además, teniendo a la teoría de la evolución de las especies como telón de fondo, la biología del ADN permite integrar a la especie humana en un continuo que va de las formas de vida unicelulares más simples e indiferenciadas, tales como bacterias y protozoarios, a los organismos multicelulares más diferenciados, como lo somos los animales superiores (Ibidem, p. 65). Un proceso de diferenciación y complejidad crecientes que es fruto de mutaciones en el ADN, a lo largo de los tiempos, y de la selección natural.

Esta breve presentación trata de situar en un contexto biológico el fenómeno de la extraordinaria diferenciación de las células y tejidos de nuestro organismo, tal como se la aprecia en la variedad de formas y funciones de las células que lo conforman. La diferenciación de las células de nuestros órganos y tejidos es resultado de la expresión específica de aquella porción de la información contenida en el ADN –de cada una de esas células– de la que depende la forma y función de la célula de que se trate, y al mismo tiempo de la ‘represión’ también específica y sostenida de aquellas otras porciones que no son importantes, y que constituyen la mayor parte de su ADN. Esta es una de las maravillas del organismo humano: que cada una de las células ‘adultas’ del cuerpo expresa sólo la información que es inherente a su forma y función, al tiempo que reprime la expresión del resto de su ADN. Otro hecho biológico comprobado es que todas y cada una de las células del cuerpo contienen copias idénticas del mismo ADN, es decir de aquel que ‘instruyó’, en el vientre materno, el desarrollo de la totalidad de nuestro organismo a partir del huevo fecundado y su ensamblaje, pues ese ADN contiene también los genes que dirigen este proceso.

Por todo esto, el ADN constituye una analogía muy ajustada de la complejidad de lo inconsciente y, al mismo tiempo, de la saludable contención de la personalidad dentro de los límites de su configuración individual. Por un lado, la totalidad de la información contenida en el ADN humano conforma una metáfora del inconsciente colectivo. Por otro, la diferenciación de formas y funciones de cada una de las células de los diversos tejidos del cuerpo compone una metáfora de esa contención de la psique en unas formas individuales que integran la herencia y lo vivido. La salud psicosomática del ser humano estriba en seguir los dictados que le exige la individualidad de su aparato psicosomático como un todo[ii]. Jung concedió importancia primordial a esta necesidad biológica y la denominó “proceso de individuación”. El mimetismo, que forma parte de los mecanismos de aprendizaje del niño y el adolescente, cuando aparece de manera cuantitativa en la personalidad adulta, es el opuesto a la contención psíquica de la personalidad dentro de los límites que establece la configuración arquetipal del individuo y las formas de su cultura, y es uno de los rasgos de la psicopatía.


[ii] La psicoterapia actual tiende a sustituir el término Self por “aparato psicosomático”.

SEGUNDA PARTE

El excepcional desarrollo actual de la biología molecular provee una superabundancia de detalles, sobre los desarreglos provocados por la enfermedad, que podemos traducir a imágenes. Entiendo que una imagen es arquetipal cuando, a través de la analogía y la metáfora, da forma a algo hasta entonces inconsciente y moviliza la psique. Así lo inconsciente se va haciendo psíquico. Por otra parte, es ampliamente conocido en la psicoterapia jungiana que la psique se va haciendo mayormente a través de las ‘imágenes de horror’[iii].

El horror de lo sagrado[iv] debió jugar un papel importante en la crisis religiosa de Charles Darwin. A manera de anécdota, refiero sus palabras y el impacto emocional que produjo en él la observación de la forma de reproducirse de una familia de avispas, “No puedo persuadirme –escribió Darwin– de que un Dios todopoderoso y benevolente haya creado intencionadamente la Ichneumonidae con el expreso propósito de alimentar sus larvas con las entrañas de los cuerpos vivientes de orugas de otras especies” (Dawkins 1995:95-96). Estas avispas, antes de depositar sus huevos en los cuerpos de otros insectos, les inoculan una sustancia que los paraliza sin matarlos, de manera que su carne, fresca, sirva de alimento a las larvas que saldrán de esos huevos. El veneno paraliza la orugas pero no las anestesia. Darwin demoró más de diez años la publicación del libro El origen de las especies, por no herir los sentimientos religiosos de su esposa y prima Emma Edgewood. Lo arquetipal, como lo sagrado, incluye el horror y es precisamente este horror lo que más toca a la psique. Las imágenes que nos presenta la química biológica en relación con la patología producida en nuestro organismo por virus como el HIV o como consecuencia de la indiferenciación de ciertas células nos exponen a este horror de lo divino.

Al aproximarme a las imágenes de enfermedad que presentaré a continuación trataré de ceñirme ajustadamente a lo que la imagen biológica nos propone como analogía de las operaciones de lo inconsciente en nosotros, de manera que su impacto emocional desencadenen una memoria; una Psique. Es importante entender que interpretarlas o estudiarlas desde la memoria del complejo del yo, o en términos de causa efecto, lejos de procurar un movimiento, aumenta los sentimientos de culpa propios de este complejo lo que conduce a la parálisis y exacerba la patología.

El asombroso orden y la complejidad de nuestro cuerpo son expresión de un equilibrio precario, fruto de una reparación siempre pronta por parte del organismo, frente a fuerzas que sin cesar menoscaban su orden y su diferenciación e inclinan hacia el caos y el horror. Para mantener su integridad, el organismo dispone de costosos sistemas de defensa. Voy a referirme a uno muy principal; el inmunológico. Para hacerlo comenzaré con un metáfora. En el libro In and Out of the Mind, Ruth Padel (1992:5 y ss) ve a la tragedia griega como la puesta en escena de la necesidad humana de defenderse de unas fuerzas que ella denomina no-humanas. Una defensa, dice, que ante estos asaltos trata de preservar algo de lo humano; a sabiendas de que esas fuerzas provienen tanto de dentro de nosotros mismos como de afuera. Padel incluye entre las fuerzas no-humanas no sólo a los titanes, cíclopes y otros monstruos de la mitología en quienes la cultura griega personificó impulsos oportunistas que ‘habitan’ en lo inconsciente; también incluye entre ellas a las fuerzas arquetipales que instruyen las formas humanas de la psique  –las que a su vez pueden destruirnos– tras las que los griegos vieron dioses y diosas. La posesión  de la personalidad por un arquetipo es una forma de psicosis. (En la mitología griega la aparición in toto de un dios a un humano acarrea su destrucción.) Esta consciencia trágica de la vulnerabilidad humana, característica también de la psique, nos conduce a una metáfora de las funciones del sistema inmunológico.

Ante la infección, también nuestro organismo trata de defenderse contra lo ‘no-humano’, en la tarea de preservar la diferenciación y complejidad de los tejidos orgánicos. El proceso evolutivo ha seleccionado y perfeccionado el sistema inmunológico de manera que reconozca lo ajeno al self –lo que podríamos denominar no-humano–, que puede provenir, bien del exterior como en el caso de bacterias, hongos, virus, etc. o del interior de nuestro propio cuerpo, como sucede cuando las células de los tejidos orgánicos sufren una transformación y se convierten en cancerosas. (La inmunología médica considera ‘self’ ’ –término que, al igual que la psicología, ha adoptado del inglés– el conjunto de los tejidos que conforman los órganos y sistemas del organismo. Ajeno al self, además de microorganismos y objetos inanimados que pueden penetrarlo, es cualquier transplante de tejidos extraños.) Normalmente, el sistema inmunológico reconoce y destruye las células transformadas de nuestro cuerpo y evita así que lleguen a proliferar y convertirse en tumores (Abbas et al: 567-8). Este proceso de vigilancia inmunológica está activo a lo largo de nuestra vida.

Es evidente la analogía entre estos procesos y la función de la psique. La  psique reconoce los impulsos disociados e indiferenciados, que surgen de niveles muy alejados de la consciencia, y los contiene dentro de formas culturales y humanas, de manera de preservar la salud e integridad del individuo.


[iii] Francis Yates, en El Arte de la Memoria, dice: “… ahora hacen su aparición las imagines agentes, citándolas en toda su extensión a partir de Tullius. Notablemente hermosas o feas, aderezadas con coronas y con vestiduras de púrpura, deformadas o desfiguradas con sangre o barro, embadurnadas con pintura roja, cómicas o ridículas, todas ellas se descuelgan, misteriosamente, como comediantes, de la antigüedad y pasan al tratado escolástico de la memoria como parte de la Prudencia. La solución subraya que la razón para elegir tales imágenes es que ellas ‘mueven vigorosamente’ y de ese modo se adhieren al alma”. (Madrid 1974: Taurus. P. 87.)

[iv] Como dice Rudolf Otto en Das Heilige (Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios. Madrid 2001: Alianza), lo sagrado es lo ganz andere, lo absolutamente otro, lo desconocido e inconocible. Con respecto al lugar que ocupan lo divino y los dioses de la luz (con tantas imágenes e historias), lo sagrado es lo subterráneo o –en todo caso– lo que corresponde al cielo nocturno, ciego y mudo. Los dioses de la luz tienden a ser protectores porque se ocupan de la vida; lo sagrado es la muerte, el más allá rotundo, incomprensible y arbitrario –en ese sentido–; atiende a leyes que no consideran central al hombre.

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El cáncer y el SIDA se ven como el resultado de la insuficiencia o falla del sistema inmunológico. Con el fin de extraer algunas analogías haré un breve recuento de hechos bien establecidos acerca de la biología del cáncer. Las células cancerosas se caracterizan por dejar de responder a los mecanismos de que dispone el organismo para limitar la proliferación celular y, también, por adoptar un tipo de biología que se corresponde con la de las formas más primitivas e indiferenciadas de la vida; como la reproducción ilimitada mediante la división celular binaria, característica de los organismos unicelulares. Esta clase de auto-perpetuación caracteriza también la ‘vida imperecedera’ del ADN. Es la llamada replicación semi-conservativa del ADN, donde las dos bandas del ADN original se separan y generan de novo, cada una de ellas, una banda complementaria, de manera que se producen dos ADN “hijas”, idénticas a la original y entre sí, que conservan intacta la información genética y contienen la mitad del ADN original. (La figura ilustra este proceso de manera simplificada.) La ‘simpleza’ y la indiferenciación de estas manifestaciones biológicas las sitúa en el extremo más elemental y colectivo de la vida, opuesto a la compleja y diferenciada biología humana. La psique, a semejanza del sistema inmunológico tiene por tarea reconocer estas ‘regresiones’ indiferenciadas, originadas en nuestro interior, a fin de proteger del caos a la individualidad.

En otros tipos de cáncer, la ‘regresión’ puede ser resultado de la liberación, en algunas células, de aquellas porciones de información contenida en su ADN que, como mencioné antes, se hallan reprimidas por no tener relación con las funciones propias a la ‘individualidad’ de esas células. Esta liberación puede llevar a las células así transformadas a una indiferenciación comparable a las llamadas células-madre o células embrionarias, que son totipotenciales[v]. Esta condición se puede ver como una locura somática, análoga a los estados de posesión de la personalidad por contenidos del inconsciente colectivo (lo no-humano que proviene de nuestro interior), que pueden manifestarse como psicosis e inflaciones del yo, y actitudes de omnipotencia con alto potencial destructivo tanto para el individuo como para quienes le rodean.

El tumor canceroso configura un cuadro muy cercano a la concepción de ‘vida imperecedera’: un portentoso poder de supervivencia que se ‘libera’ en alguno de nuestros órganos y que puede generar en último término su auto-destrucción llevando horror y muerte al individuo. La diferenciación celular, al igual que la individuación, es un ‘opus contra naturam’ (Jung 1950: # 256), en el sentido de que sostenerlo requiere de la inversión de una gran cantidad de energía. Por el contrario, la indiferenciación que sufren las células cancerosas es un proceso cuesta abajo que libera, en forma de entropía y caos, la energía altamente organizada de la vida humana. El psicópata que irrumpe en un hogar, viola y mata a los miembros de una familia, como la célula cancerosa, ignora el orden y la diferenciación que destruye. Por eso la sociedad debe protegerse reprimiendo enérgicamente la psicopatía. Los casos de cáncer que aparecen después de un encuentro psicopático de esa naturaleza hablan de la relación psique / soma.

Estas características nos llevan a imaginar la falla del sistema inmunológico en ciertos tipos de cáncer como el emerger de una ‘compensación’ psicosomática en la vida de un individuo cuyo proceso de individuación se hubiera estancado en algún punto de importancia vital. Es como si la energía que empuja el desarrollo psico-biológico, al hallar obstaculizado el camino de diferenciación psíquica que lleva a la individuación, se empleara finalmente en los procesos inconscientes de indiferenciación. Esto constituye una metáfora para casos extremos de un sufrir que no se hace psíquico, al no hallar unas formas humanas capaces de contenerlo. Todos conocemos casos de cáncer que aparecen luego de indecibles sufrimientos morales.

En muchos casos, un acercamiento al cáncer es verlo, sencillamente, como la forma en que se presenta la muerte. Desde la perspectiva de la ‘vida imperecedera’, la muerte es como el periódico marchitarse de las hojas de un árbol. En estos casos, el cáncer constituye una metáfora del revertir de una vida individual a lo colectivo e imperecedero de la biología, de los que surgiera al momento de la concepción.


[v]  En sus primeros estadios, en el útero materno, el huevo fecundado sufre una serie de divisiones binarias, por las que las dos células resultantes de cada división son idénticas a la que les dio origen, y entre sí, y por ello son totipotenciales, en el sentido de que cada una de ellas podría dar origen a las células diferenciadas de cualquiera de los tejidos del ser humano adulto mediante el proceso de diferenciación celular, inverso a la indiferenciación.

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Voy a ofrecer ahora unas reflexiones sobre algunos aspectos de la bioquímica de la enfermedad cancerosa y el SIDA para tomarlos como analogías que nos ayuden a hacer psíquicos aspectos muy inconscientes de nuestra naturaleza. En este sentido las analogías que se puede extraer del SIDA o el cáncer pudieran contribuir, por la vía de la imagen, a diferenciar las invasiones psíquicas producidas por lo que se podría llamar “fuerzas de supervivencia” disociadas –ajenas al ámbito arquetipal del vivir y a las formas humanas cultas– de las posesiones de la psique producidas por contenidos arquetipales del inconsciente colectivo. Sé que trazar una línea diferencial que separe lo psicopático de lo psicótico en muchos casos es una tarea imposible. Al ofrecer estas metáforas de patologías somáticas, el objetivo es procurar nuevas perspectivas para la reflexión de esta difícil frontera.

Con el objetivo de acercarnos al SIDA, presentaré en primer lugar dos o tres cosas básicas sobre la biología de los virus, en particular del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), y sobre la infestación que ellos producen en el ser humano. Los retrovirus –entre los que se cuentan el HIV y ciertos virus oncogénicos, responsables de la aparición de algunos tipos de cáncer– se caracterizan por la simpleza de su minúsculo material genético. Para poder reproducirse, y debido a la simpleza de sus funciones, estos virus dependen totalmente de células humanas que les ‘hospeden’. Pero la vida es más que simplemente reproducirse; involucra la integración de elementos del exterior y su transformación, además de los complejos procesos de crecimiento, envejecimiento y muerte. Las analogías entre estas características que definen al ser vivo y la actividad normal de la psique son evidentes.

Difícilmente se puede atribuir estas características de la vida a los virus, pues ellos son multiplicados en serie por las células que los hospedan, no crecen, no transforman ni integran nada y no envejecen. En cuanto a morir, algunos virus pueden permanecer en estado latente, ‘esperando’ a las células de un ser vivo que les hospede durante siglos y, en teoría, miles de años. Son simplemente un poder reproductivo y destructor. Viene a la memoria, como analogía, la figura central de la novela El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, un psicópata que nunca envejece. Su vida es una colección de repeticiones; una vida vacía, regida por el poder, impulsos de supervivencia y destructividad despiadada. En la protección de la psique es importante reconocer el carácter psicopático de los impulsos que pueden venir de afuera –y también de nuestro propio inconsciente– para tomarles una distancia protectora.

El minúsculo material genético de un retrovirus como el HIV es más simple, con mucho, incluso que el de cualquier microorganismo unicelular. Sin embargo, es capaz de ‘engañar’ al sistema inmunológico humano, que no lo reconoce como algo ajeno al self y acepta su material genético como si fuera un constituyente normal de las propias células inmunológicas. De esta forma, el HIV transforma las células del sistema inmunológico que lo hospedan en máquinas reproductoras del virus y, al hacerlo, anula las funciones propias de estas células (Janeway, et al. 2001: 453). Este cuadro nos presenta una visión del virus muy cercana a lo que sería un poder de supervivencia disociado, ajeno a las formas arquetipales de la vida humana. De hecho los retrovirus tienen una composición genética tan similar a ciertas porciones de nuestro ADN que se cree puedan haberse originado de pedazos de ADN que accidentalmente se separaron del material genético de organismos bien diferenciados, como el humano (Lodish et al, 2000:304). Según esto, ciertas porciones separadas del material genético de las células diferenciadas de un ser humano pueden infestar las células de otras personas con las consecuencias que conocemos. Por todo ello, la infestación por retrovirus es una notable analogía del fracaso de la psique para reconocer los impulsos de poder disociados –la sombra que se literaliza en el otro– como proyecciones destructivas que surgen de la naturaleza más inconsciente del ser humano, de manera de protegernos psíquicamente de su destructividad. Este cuadro nos ofrece una impactante imagen de horror y se presta a la reflexión del valor extraordinario que tiene la contención de la psique en la protección no sólo de sus equilibrios e integridad sino también los del prójimo.

Por eso, un acercamiento al fracaso de sistema inmunológico en ciertos casos de inmunodeficiencias, es verlo como analogía de una psique que no es capaz de diferenciar las formas arquetipales de eso que hemos llamado impulsos de supervivencia disociados (psicopatía); una psique que lidia con lo que no es self de la misma manera que con lo que sí lo es. Este fracaso del sistema inmunológico también se podría ver como analogía de una condición que proyecta de manera literal porciones disociadas del self al exterior, lo que metafóricamente sería una actuación fuera de lugar de imágenes arquetipales cuya función es instruir los movimientos interiores de la psique. En la homo-erótica existe una diferencia abismal entre la proyección de una sombra que se rechaza, y que se traduce en una repetición psicopática de aventuras, y la relación humana que a través de los trabajos de Eros lleva a la aceptación de lo otro y al hacer de la psique.

López-Pedraza (2003) reflexiona sobre los trabajos que Afrodita impone a Psique para recobrar a Eros, a quien Psique perdió por una transgresión (en este caso y en el lenguaje post-junguiano, una literalización) contra la que Eros le había advertido: Eros pasaría todas las noches con Pique, con la condición de que nunca lo viese a la luz. Una imagen que se puede leer como la pérdida de psique que se produce cuando sólo se ve con los ojos del cuerpo, es decir, cuando lo que se ve es una proyección de impulsos de supervivencia. El cuerpo emocional, mediador entre los instintos y la psique, es el ámbito de la imagen, reflejo de los arquetipos y el único escudo de la salud psicosomática.

Desde la perspectiva de la psicoterapia es fundamental reconocer las proyecciones de sombra, para reflexionarlas y tratar de integrarlas a la personalidad. La psiquiatra venezolana Liliana Contreras, en comunicación verbal al Club de los Sábados, refiere su observación clínica de la frecuencia anormalmente elevada de casos de linfomas, leucemias y otros tipos de cáncer relacionados con el sistema inmunológico, entre sociólogos, trabajadores sociales y profesionales de la salud dedicados al trabajo comunitario en el Estado Lara. Es sabido que una actitud ‘misionera’ impide ver lo psicopático en la sombra del otro y tomar una distancia prudencial, con lo que se corre alto riesgo de contaminación psíquica. Rafael López-Pedraza alertó, insistentemente, sobre esta actitud de no ver la sombra, con la analogía de Caperucita roja, que ve los dientes, etc. del lobo y le sigue diciendo abuelita.

 EPÍLOGO

La psique y el sistema inmunológico son responsables de contener, dentro de formas individuales cultas, las oportunistas fuerzas de supervivencia que perpetúan la vida. Estas fuerzas –poderosísimas–, por ser de una naturaleza que sobrepasa la biología humana no incluyen valoración alguna y no ‘respetan’ las formas diferenciadas y complejas del individuo. Al contrario, utilizan al individuo como vehículo en su trayectoria ‘imperecedera’. El horror al caos no cabe en su cruda economía. Contenidas dentro de los límites de lo psíquico, estas fuerzas dan forma humana a la imaginería arquetipal de la psique, pero su tendencia a diso­ciarse está presente todo el tiempo, en todos nosotros. A un nivel psíquico, vemos ejemplos de su disociación, no sólo en la proyección psicopática de impulsos inhumanos, también en la posesión de la psique por contenidos de lo inconsciente colectivo. La única defensa del individuo consiste en conectarse con su instintividad y con la memoria emocional personal, moldeada por los complejos culturales, algo que está íntimamente ligado a acoger e incubar psíquicamente el impacto emocional de las imágenes arquetipales que se nos presentan en los sueños y en la vida cotidiana.

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